ELEGÍA A PEDRO PABLO GÓMEZ GÓMEZ ¡MI HERMANO!

Por: Rafael Ángel Gómez Gómez

A través de la historia de la humanidad hay dos eventos trascendentales: el nacimiento y la muerte. Mi hermano Pedro Pablo fue el menor de los hombres de la familia Gómez Gómez, el tercero de seis hermanos, mi “negrito” como amorosamente le decía mi padre y mi madre. ‘Peyo’, desde su nacimiento fue inquieto y necio, cosa que lo puso en aprietos e incluso casi la muerte, pero recuerdo dos episodios que marcaron esos encuentros; tenía solo tres años y vivíamos en el segundo piso de la calle 33 y 32 con carrera 6 y ahí “miquiando o neciando” al menor descuido de la muchacha que lo cuidaba él se encarama en la radiola PHILIPS de mi padre que le cae encima y casi se asfixia. Posteriormente, en el barrio Buenavista, frente al río, mi padre estaba haciendo unos trabajos a comienzos del año 68 y Peyo se le escapó de los brazos a mi abuelo Nabo para salir a ver a mi padre frente al río y cruzó sin ver como un loquito la carretera y pasó rosando las ruedas delanteras de un volco que no alcanzó a percatarse del incidente, todos gritamos desde la casa incluido mi abuelo Nabo, un hombre alto, delgado que había venido a hacerse unos exámenes del corazón y control de la diabetes con el doctor Guillermo Agamenón Quintero Bustamante (ilustres médico sahagunense amigo de mi familia) y también nosotros, la pelaera que jugábamos trompo frente a los árboles de abeto y laurel de la casa. Él, Peyo, pasó raudo frente a las llantas y se encaramó en los brazos de mi padre, éste, mi padre, Germán Gómez, asustado no modulaba ni una palabra, cruzó la calle, dejó al niño, se montó en el jeep comando y se fue para la emisora, pero Peyo se ganó dos nalgadas bien merecidas por mi abuelo Nabo, ese susto ha perdurado por todos los tiempos en nuestras anécdotas familiares, pero por aquellas ironías del destino ese mismo lugar frente al río sería el lugar que marcaría nuestra segunda tragedia en menos de dos años. Ese fatídico lunes, 27 de octubre de 1975, a las 7: 30 a.m., mi hermana ROSAURA LUISA en el mismo lugar frente al río fue atropellada por un carro de los llamados “peseros”, que durante décadas fue el trasporte público de nuestra ciudad, moriría el 5 de noviembre en Bogotá. Esto, sumado al asesinato de mi padre, casi lleva a la tumba a mi madre con escasos 28 años.

Nosotros nos criamos y educamos como una familia de clase media, sin escasez pero tampoco excesos. Mi padre y posteriormente mi madre lucharon para que jamás nos faltara nada; Pedro Pablo se educó en medio de ese consentimiento y arropamiento del que disfrutan los menores, inteligente pero desaplicado, le gustaba la calle, llegaba sudado de las andanzas infantiles y de la pubertad con los amigos del barrio Costa de Oro. Fuimos felices y durante largo tiempo la ruleta del infortunio no tocó a nuestras puertas y cada uno pudo construir para sí su propio futuro, en medio de travesuras, parrandas, cantos vallenatos -porque le gustaba cantar-, admirador de Diomedes Díaz y si digo que lloró la muerte de Diomedes me quedo corto. Hablaba guajiro cuando estaba “prendido”, tenía un amor y encanto por La Guajira hasta el punto en que se presentó para el concurso de la Defensoria del Pueblo regional Guajira y pasó, sin conocidos más allá de dos, entre ellos Fello Gamez; así arrancó con su aventura profesional- folclórica, como era la de estar viviendo en la tierra de FRANCISCO ‘EL HOMBRE’, no sé y no podía yo comprender ese encanto, pero ahora, tardíamente, cuando en los días críticos de su enfermedad empezaron a llamar compañeros de trabajo, fiscales, jueces y amigos y que su presencia física nos dejó, empecé a entender la dimensión que había tomado su aventura guajira y el gran ser humano que era mi hermano, no solo por su alegria cantando desde que se levantaba hasta que anochecía y la “mamadera de gallo” y buen humor que lo acompañaba pero, como todo ser humano, Peyo cometió errores y como herencia Gómez el proverbial mal genio que nos acompaña a veces, bueno a mí casi siempre, mil disculpas, pero con mi hermano Peyo me unieron muchas cosas y por supuesto a lo largo del camino muchas diferencias, resueltas entre hermanos y de pelados con una que otra trompada, pero nunca disminuyendo el amor y afecto que sentíamos los dos y los regaños que yo le daba, y cuando me tocó el papel de hermano mayor y a veces de papá, como cuando con grupo de traviesos y locos amigos del colegio La Salle se les ocurrió junto a ‘Luisito’ Hernández y otros botar las llaves de todos los buses del colegio y al medio día se formó el caos del siglo: todos a pie para la casa; por su puesto, el hermano Arturo Peláez los expulsó y gracias a la benevolencia y amistad de toda la vida con la familia Garnica, RAFAEL GARNICA, mi profesor y amigo, intercedió ante el Padre Ortiz para que fueran aceptados y terminó bachillerato en el colegio JUAN XXIII, así tendría miles de anécdotas que hoy me llegan y que han desfilado ante mis ojos y mi memoria. En política, la mayoría de las veces de acuerdo y en otras no, pero siempre el respeto por nuestras ideas, la vida es como la profundidad de los océanos, a veces fría, profunda e inescrutable, y otras cálida y serena como una mañana con leve lluvia… A ti, Peyo, te decimos que estaremos junto a tus hijos, grandes y pequeños, que honraremos tu esfuerzo y el amor que les profesaste. Hermano, toda tu familia estará unida apoyándolos, mi madre en medio del dolor y desconsuelo de tu abrupta y pronta partida, que a pesar de estar en su cuartel del retiro no dejará de velar hasta el último de sus días por la integridad de tus hijos pequeños. Dios nos coloca pruebas que nos hacen dudar a veces de su amor, pero estas pruebas son el testimonio vivo de él y con su ayuda y amor infinito por los demás como prueba, no descansaremos hasta que ellos, ante tu tumba, lleven su título de profesionales, ya dispuestos con herramientas para enfrentar la vida, esa vida hermano que es un instante, solo te adelantaste, te queremos y esto es eterno hermano.

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